lunes, 25 de mayo de 2015

La Cola

por Sofía Liendo Sevilla, en Realidad de aquí y ahora.



“Ayer estuve en la cola y por un momento mientras observaba distraída, pero escudriñando por algo interesante y particular, sin saber que buscaba realmente, comencé a ver el inmenso monstruo que ella significaba y que si sería una anaconda, allí me encontraba yo, justo en la cola, pero en el mas apedreado y miserable final de la cola; a diferencia de otros monstruos este no se tragaba a las personas, lo formaban las mismas personas. Y cuando comencé a detallar la conformación de ese monstruo recién nacido y artísticamente modelado, me di cuenta de lo variopinto de sus integrantes, flacos y escuálidos, gordos, lentos, pobres y ricos, jóvenes y viejos, evangélicos y dizque católicos, católicos, ateos, religiosos,  con pies hinchados y hormigueantes igual que yo; de alguna forma una historieta de  godos y conservadores, liberales y nuevos pendejos;  pero con las mismas viejas mañas, como si doscientos años sea mucho tiempo; es exactamente el tiempo de mi bisabuela quien me sostuvo en sus piernas y pasó su formación a mi abuela, mi abuela a mi mama y ,mi madre a mi misma, haciendo huellas de un presente que deseaban fuera pasado pero maldiciendo y vaticinando lo mismo para el futuro, allí estaban los obstinados seres dispuestos a mantener la forma y constitución feroz de la bestia,  que por unos momentos de anaconda pasaba a ser tigre, y su cola se movía de un lado a otro en señal de amistad o agrado, pero en otros momentos se quedaba tensa y recta y no se sabía si se voltearía a destruir el resto de su cuerpo porque la cabeza es la que manda y normalmente se lleva todo. 
Hasta se podían ver sus rayas, en algunos momentos el amarillo se tornaba más pálido y en otras el negro resaltaba con el naranja, naturalmente cuando se veía el pecho completamente blanco y las líneas eran naranja y negro se sabía que era una tigresa defendiendo el patrimonio de su cría y cuando era pálido el color, sabíamos que era macho e impredecible, la cola lo decía todo. Por un momento desperté de mi visión y me di cuenta que algo me había adormecido y movía mis pies cual zombi de un hechizo vudú, molesta sin saber por qué y dispuesta comprar no se qué. Ya no me encontraba en el desgraciado final, ya era parte de los fuertes músculos  centrales de la bestia y a estas alturas no sabia ni que era, lo que sea que me había convertido ya ni importaba; estaba adormecida, entre ratos me di cuenta que un hombre me ponía un cuchillo en las manos por si lo necesitaba, aunque éramos parte de un mismo cuerpo esa columna tenía la particularidad de enemistarte y comenzar la transfiguración de una bestia a otra, no era tan peligroso cuando cambiaba de género sino cuando se convertía en algo diferente. Ese mismo hombre vendía los lugares en la cola por doscientos bolívares. 
La cabeza de la bestial cola se volteó y pensamos en autodestrucción, pero la sonrisa de una alucinante mujer evangélica jipata pero bonita  y de cabello largo, sonrió con cara iluminada y dijo: ¡champú, tenemos champú! ¡Y es Elvive amarillo, de miel! Era champú de jalea real. La delgada mujer asomaba uno de sus ojos almendrados por entre una rendija del bazar en la calle Sucre, un policía no menos amable pero comunicativo le decía lo que había pero -“shuss señora” le hacía señas a la mujer. Era muy infantil decirle que había y luego que se callara, me sonreí e hice analogías de la calle Sucre y la Bolívar ,que los Sucres aran aristócratas franceses y de como habrían sido eso héroes que hoy los nombramos tanto y de como habrían sido sus tiempos y de si todo este quilombo de patria también se lo debíamos a ellos, me contesté que sí, Joaquín Nabuco me dio la razón, no era necesario darle toda la espalda a la estructura monárquica, sin embargo me dije: “esos tipos hicieron lo mejor que pudieron” y me recordé que soy negra, analicé que la bendita clase media es la que ha logrado mucho y que hasta los comunistas los parió la clase media, no lo suficientemente ricos para desear serlo y no totalmente pobres lo que le daba tiempo libre, ocio  para pensar y criticar. Pero en donde y cuándo se ligo champú elvive con Sucre y con Bolívar y la clase media;  no lo sé, en esas colas te piensas cualquier cosa y hasta puedes hacer cualquier cosa, me pregunté si era necesario estar allí y si lo necesitaba, si me lo merecía y me dije: ya tengo rato acá déjame seguir, como si dialogara con alguien mas, pero era mi monólogo.  Que se pensará mañana de toda esta hacedera de cola, si es que caso sabrá mañana,  la melancolía me había alcanzado y decidí hablarle a la señora del frente: ¿señora que producto sacarán hoy? Ella me contestó: champú, papel, toallas sanitarias, pañales, hisopos y jabón, -¿todo eso señora? Como si fuera algo imposible de tener o no éramos merecedores de tan sublimes bienes–si mi amor contestó la señora –acá sacan bastante productos y pasan tres tandas de 80 personas y luego tres tandas mas, pero allí si no hay garantía de que agarres todos los productos, pero uno revisa los anaqueles y se da cuenta de cosas que van dejando. – ¡wow que bueno! Contesté y luego pensé en cámara lenta, “uno va recogiendo lo que otros dejan si no llegas a conseguir”. Fui afortunada el pasar en el tercer grupo de las tres tandas de ochenta, pasé y para mi asombro así era, había todo. La señora que me dio la información conocía a casi todas las personas de la cola, sacó una camisa se la puso sobre la otra, dio su cédula, la registradora verificó y le dijo pase.. -hum,  pensé en mis adentros y me recordé de las partidas de nacimientos de San Agustín del sur donde revivieron a mi abuela una vez, al darle sus datos a una indocumentada; vino mi turno y de igual manera el proceso pero yo no me cambié la camisa, me preguntaron por mi turbante, dijeron que me parezco a Piedad Córdoba, lo que ya dejó de molestarme, le conteste que si me parezco pero con cuarenta años menos. Nos reímos y me fui a comprar “mis productos” alcancé a tenerlos todos, algunos repetidos en casa, pero que importa, no se si mañana lo encuentre. Llamé a mi mamá y le dije que me prestara para la comida y que por favor me consiguiera desodorante de Avon que ahora si me gustan. Salí del recinto y seguía la cola, ahora era más monstruosa que antes y todos me miraban como culpable de algo, revisando mis bolsas con su vista, lo que en  otros tiempos era una total falta de educación. Salí contenta y dije para mis adentros: “bah si hacer cola no es gran cosa”